Alfonso G. BENÍTEZ BUSTOS

El cielo del último domingo de agosto, en medio de la pandemia, lució mágico. Nubes que circundaron los Valles Centrales y se postraron en los cerros de tal forma que los envolvieron para convertirse en neblina a primeras horas del día y amenazaban una lluvia vespertina.

El destino fue Santa Inés del Monte, en la Villa de Zaachila, y el objetivo llegar al lugar de despegue del parapente que utiliza el Club Alebrijes Voladores desde hace varios años y que hoy nuevamente retomarían la actividad, pero con la invitación a AH JIJOS para ser parte de un vuelo.

El ascenso a Santa Inés del Monte es de aproximadamente 17 kilómetros desde la Villa de Zaachila sobre una carretera que tiene tramos de terracería y hay que pasar por una serie de curvas, no obstante, el cerro que ubica el centro de despegues se encuentra a menor distancia y para eso tuvimos que dejar el auto en la carretera y caminar un kilómetro.

En el lugar los integrantes del club, junto a autoridades municipales y estatales, ya se encontraban y, con los que íbamos llegando, disfrutamos de los sabores de Oaxaca: un chocolate de agua, pan de yema y exquisitas memelas.

La intención de los organizadores fue hacer tiempo a que la neblina se disipara, pues no se puede despegar si no hay cielo claro; la espera valió la pena después de un ligero desayuno y un mezcal para entrar en calor.

A la voz de “¡vamos a volar!” todo se empezó a preparar para los despegues –dos de ellos con parapente biplaza-.

Un primer piloto, profesional, tomó la salida para marcar la ruta y verificar los vientos que hicieran más seguro el vuelo para el resto de pilotos, incluidos nosotros, que tendríamos la experiencia por primera vez.

Uno a uno los parapentistas se fueron preparando ante la mirada de una treintena de personas que nos dimos cita, pero obvio, no todos iban a volar y vivir la experiencia única.

Salió uno tras otro pero la tripulación en la que yo viajaría saldría a lo último, lo que dio tiempo para mentalizarse y calmar los nervios propios de volar por primera vez en algo diferente que no fuera un avión.

“Chema”, el instructor encargado de volarme, me puso el equipo que consiste en una especie de mochila que en el aire se vuelve silla, además de darme las indicaciones pertinentes: “si te digo que corras corre, si te digo que pares paras”, fue lo que me dijo previo al despegue.

El otro parapente biplaza tuvo un aborto de vuelo en la primera oportunidad y en la segunda fue un poco accidentado, pero eso no me iba a desmotivar para hacer las cosas como el instructor me indicó.

Llegó el momento de anclarse en el parapente, que es más grande que los uniplaza. Todo estaba listo, solamente había que esperar una buena corriente para tomar impulso y surcar por los aires de los Valles Centrales.

A la señal de “Chema” y con las piernas un poco temblorosas, ambos corrimos colina abajo y tras un breve segundo se elevó el parapente, sintiendo la sensación de un avión al despegar –como que te caes cuando abandonas del suelo- pero de inmediato tomamos altura.

La sensación de estar en el aire con un impulso solamente de aire, sin ruido de motor o hélice parecida, la sensación de paz y tranquilidad de inmediato me hace presa y ahora sí, no quedaba más que disfrutar la vista.

Caminos, montañas de diferentes colores de verde, sembradíos que se asemejan a las colchas que hacían las abuelas con retazos de tela y codearse con los pájaros que nos recibían en su espacio como un alado más era parte del paisaje y a lo lejos, la vista de Xoxocotlán, Zaachila, Monte Albán Oaxaca de Juárez el cerro de San Felipe y hasta la Sierra Norte.

El vuelo no duró más de veinte minutos, pero el tiempo fue suficiente para empaparse de conocimiento, pues en el aire “Chema” me explicó que el parapente es como los zopilotes: planean y buscan las mejores corrientes para tomar altura.

Debo decir que para elevarnos el instructor tuvo que dar vueltas buscando las corrientes de aire que nos pusieran a mayor altura, pues los más de 2 mil kilómetros no fueron suficientes todavía para seguir admirando la belleza de la tierra, aunque eso me costara, como primerizo, una sensación de mareo, que no me fue informado antes de subir.

La temperatura a esa altura es más fría, por lo que las extremidades se empiezan a comportar temblorosas, empero, la adrenalina es más fuerte que esta y se puede sobrellevar.

Ante mi inesperado mareo, “Chema” decidió no seguir ascendiendo, pues había que evitar que las memelas, el pan y el chocolate se hicieran presentes en otro estado y que harían que el vuelo se estropearía.

Nos preparamos para el descenso, a unos cinco kilómetros de la zona de despegue, pero de nueva cuenta tendrían que venir más vueltas para perder altura y agarrar la mejor posición para el campo designado para bajar.

Tomó menos de cinco minutos tocar tierra y la indicación del piloto era que tendríamos que aterrizar, literal, de nalgas. Así fue, mis posaderas tocaron tierra primero que mis pies, pero sin mayor novedad más que el estómago revuelto.

Una ambulancia del municipio de Santa Inés ya esperaba para volvernos a subir, luego que los pilotos guardaran el parapente.

Empezaba el ascenso por carretera, más curvas que se sumaban a las vueltas en el aire, pero al fin llegamos al punto de partida.

Después de los vuelos llegó la hora de la comida: exquisitas guías con tasajo, cerveza y mezcal, esperaban para ser disfrutada por los presentes y dar por culminada la experiencia que sin duda, volvería a repetir.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here